Del tutelaje político al sindicalismo empresarial: la transformación del SUTEP


El SUTEP de hoy es bastante distinto al sindicato clasista que apareció en la década de 1970. Mantiene buena parte de sus símbolos, su lenguaje y sus referencias históricas, pero las prácticas que organizan su acción han cambiado. La trayectoria del gremio durante el presente siglo puede entenderse como un desplazamiento desde el clasismo hacia una relación de tutelaje político con Patria Roja; posteriormente hacia lo que denomino un sindicalismo empresarial.

El punto de partida está bastante atrás. Desde su fundación, el SUTEP mantuvo una relación estrecha con Patria Roja. Durante décadas, los principales dirigentes sindicales fueron también cuadros del partido y las decisiones estratégicas del gremio pasaban, en buena medida, por sus instancias políticas. Utilizando la idea de orden tutelar desarrollada por Nugent, esta relación puede entenderse como una forma de tutelaje donde una organización conserva formalmente su autonomía, pero otra instancia establece los límites dentro de los cuales se toman las decisiones relevantes. En el caso del SUTEP, la dirección partidaria intervenía en la selección de los principales dirigentes, definía orientaciones políticas y tenía una influencia decisiva sobre la representación sindical en la Derrama Magisterial.

Sin embargo, esta relación produjo una paradoja. Mientras el sindicato continuaba utilizando el lenguaje del clasismo, el control de la Derrama fue introduciendo otra racionalidad en su funcionamiento.

Cuando el SUTEP asumió la administración de la Derrama Magisterial en 1984, recibió una institución seriamente debilitada. Con el paso de los años, la Derrama fue profesionalizada, amplió sus operaciones financieras y se convirtió en una institución económicamente poderosa. La propia experiencia de administrarla fue formando una cultura de gestión basada en la eficiencia, la rentabilidad, la profesionalización y el manejo técnico de recursos. Mi investigación encuentra precisamente una cultura organizacional eficientista orientada a la rentabilidad, que permitió a la Derrama desarrollar una importante cartera de inversiones y una institucionalidad que desbordó ampliamente la actividad sindical tradicional.

Aquí comienza a configurarse lo que denomino sindicalismo empresarial o gerencial. No significa simplemente que un sindicato tenga empresas o administre recursos económicos. El cambio es más profundo: la lógica de la gestión comienza a ordenar también la práctica sindical. La política deja progresivamente de entenderse como un instrumento para transformar las relaciones sociales y se convierte, cada vez más, en un medio para obtener recursos, mantener posiciones institucionales, asegurar licencias sindicales, administrar organizaciones y fortalecer la estructura del gremio.

Durante bastante tiempo, este sindicalismo empresarial convivió con el tutelaje de Patria Roja. El partido proporcionaba dirección política y cuadros; el SUTEP aportaba organización, presencia nacional y recursos; y la Derrama ofrecía una base material extraordinariamente importante. La contradicción entre clasismo y gestión empresarial podía mantenerse porque ambas dimensiones estaban articuladas dentro de un mismo arreglo.

Pero esa articulación comenzó a quebrarse.

La huelga magisterial de 2017 no fue la primera señal pero sí la más importante. El SUTEP venía perdiendo capacidad para conducir la movilización docente y emergieron direcciones regionales y sectores vinculados al CONARE y otros sectores alternativos de docentes que disputaron abiertamente su representación. La respuesta posterior del gremio fue reconstruir el vínculo con las bases, pero simultáneamente reforzar una imagen de sindicato profesional, responsable y técnicamente preparado para negociar con el Estado. La movilización dejó de ocupar el lugar central y adquirieron mayor importancia la gobernabilidad, la interlocución institucional y la obtención de resultados concretos mediante la negociación.

La elección de Lucio Castro como secretario general en 2019 aceleró este proceso. Castro provenía de Patria Roja, pero fue construyendo progresivamente una red propia dentro del sindicato. El conflicto se hizo explícito en 2022, cuando decidió postular a la reelección pese a que el partido había establecido otra orientación. Hasta entonces, Patria Roja había mantenido un mecanismo bastante eficaz de rotación y selección de dirigentes. El secretario general era, en la práctica, filtrado políticamente por el partido y no se acostumbraba su reelección. Castro rompió esa regla. Entonces, Patria Roja suspende la militancia de Lucio Castro y a Alfredo Velásquez por haber actuado contra la decisión partidaria sobre quién debía conducir el SUTEP. 

La segunda disputa fue todavía más importante porque involucró directamente a la Derrama Magisterial. Tradicionalmente, los representantes del SUTEP en su directorio eran definidos dentro de la estructura política de Patria Roja. Castro reivindicó que correspondía al sindicato realizar esa designación y colocó a dirigentes vinculados a su propio grupo. Allí se quebró definitivamente el antiguo arreglo. Patria Roja terminó expulsando a Castro y a otros dirigentes. El partido perdió el tutelaje sobre la dirección nacional del sindicato, mientras el nuevo grupo dirigente mantuvo el control sindical y una posición decisiva sobre la Derrama. En el año 2024 el Comité Central de Patria Roja ordena la expulsión de Castro y de otros dirigentes vinculados a su grupo.

El resultado es importante para comprender el SUTEP actual. Ya no hay tutelaje de Patria Roja, pero no ha desaparecido el sindicalismo empresarial que había crecido bajo ese tutelaje. Por el contrario, probablemente se fortaleció.

La vieja burocracia partidaria está siendo sustituida por una burocracia propiamente sindical que dispone de recursos organizativos, capacidad técnica y acceso a la Derrama. En mi investigación de doctorado señalo que el proceso todavía está abierto y puede derivar hacia un liderazgo personalista o hacia la construcción de un cuerpo dirigente estable y profesionalizado. La evolución más reciente parece apuntar a esta segunda posibilidad. Una conducción sindical más autónoma, tecnificada y preocupada por preservar su capacidad institucional de negociación con mucho pragmatismo.

Los acontecimientos de 2026 parecen cerrar una etapa en la transformación del SUTEP. La ruptura con Patria Roja había puesto fin al antiguo esquema de tutelaje político; la desafiliación de la CGTP marca ahora un segundo quiebre, todavía más profundo. No se trata solo de una decisión orgánica. Es un hecho histórico en la trayectoria del sindicalismo magisterial peruano, porque separa al SUTEP de la principal central sindical clasista con la que mantuvo una relación política durante décadas.

Esta desafiliación puede entenderse como el punto de llegada de un proceso más largo. El SUTEP conserva símbolos, referencias y buena parte del lenguaje del clasismo, pero su práctica sindical se ha ido organizando alrededor de otra racionalidad. La administración de la Derrama Magisterial, la profesionalización de la gestión, la defensa de recursos institucionales y la construcción de una estructura dirigencial cada vez más autónoma frente al partido han consolidado un arreglo identitario de sindicalismo empresarial. La política aparece crecientemente como un espacio para obtener recursos, asegurar posiciones institucionales y mantener capacidad de interlocución con el Estado. En ese marco, la identidad política del interlocutor pierde importancia frente a su utilidad para los objetivos de la organización.

La salida de la CGTP resulta especialmente significativa porque elimina uno de los últimos vínculos orgánicos que conectaban al SUTEP con la tradición histórica del sindicalismo clasista. Hasta ahora, esa tradición podía coexistir con prácticas gerenciales y pragmáticas. La pregunta es qué ocurrirá cuando desaparece también ese anclaje institucional.

Se abre entonces una interrogante sobre el discurso que acompañará esta nueva etapa. El SUTEP puede mantener un lenguaje reivindicativo, confrontacional y de defensa amplia de los trabajadores, heredado del clasismo, aunque su organización responda crecientemente a una lógica empresarial. Pero también puede avanzar hacia un discurso más conciliador, orientado al diálogo, la gobernabilidad y la construcción de acuerdos con el Estado, independientemente del signo político del gobierno.

Este segundo camino aproximaría al SUTEP a algunos rasgos del sindicalismo neocorporativo. Existen, sin embargo, diferencias importantes. La FTCCP ha construido durante décadas una relación institucional relativamente estable con CAPECO y el Estado alrededor de la negociación colectiva por rama. El SUTEP carece de una estructura equivalente y su relación con el Estado continúa siendo más cambiante. Por ello, todavía resulta prematuro hablar de un arreglo neocorporativo consolidado.

El proceso deja una paradoja particularmente significativa. El clasismo puede continuar como memoria, lenguaje y fuente de legitimidad, mientras las decisiones estratégicas se organizan cada vez más alrededor de la administración de recursos, la estabilidad institucional y la negociación con el poder político. La cuestión que queda abierta es si esa distancia entre discurso y práctica podrá mantenerse o si, finalmente, el discurso del SUTEP terminará adaptándose también al nuevo arreglo identitario.


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